¿Por qué es tan difícil diseñar para uno mismo?
¿Por qué es tan difícil diseñar para uno mismo?
Siendo diseñadora, a menudo debo trabajar con jefes o clientes dentro de un marco bastante claro: hay un brief, un presupuesto, un público objetivo, gustos personales, reglas marcadas y límites establecidos. Después de analizar todos estos factores, puedo desenvolverme dentro de ellos e ir resolviendo la tarea encomendada.
Luego vienen el feedback e incluso la autocrítica, pero todo se mantiene dentro de una línea más o menos visible. Es similar a seguir las indicaciones de un GPS: tenemos un camino, direcciones y un destino al que llegar. Si en algún momento nos desviamos, siempre podemos volver a la ruta trazada.
Sin embargo, la situación cambia cuando se trata de diseñar para mí misma. Es ahí cuando dejo de resolver un problema relativamente objetivo. Ya no existe un parámetro claramente delimitado y caigo en cuenta de que no estoy intentando resolver solamente un problema de diseño: estoy intentando resolver mi propia identidad.
El marco que antes estaba claro deja de estarlo. El GPS deja de funcionar y, en medio de toda esta maraña, es casi inevitable encontrarse con algunas de estas cuestiones:
Sobreidentificarme
Mientras realizaba este portafolio web, cada decisión comenzó a adquirir un peso mucho mayor del que normalmente tendría. Cada color, composición o tipografía elegida parecía tener que responder una pregunta: ¿esto me define?
Y de ahí aparecen muchas más: ¿a quién quiero mostrar realmente?, ¿a Melissa, la diseñadora?, ¿simplemente a Melissa?, ¿o a ambas?
Cuando diseñamos para nosotros mismos, una decisión visual aparentemente sencilla puede terminar convirtiéndose en una pequeña crisis de identidad.
No hay límites
Aquí no pasa lo mismo que con un cliente o un jefe. No necesariamente tenemos una fecha acordada ni existe un brief definido. Nos encontramos frente a la libertad absoluta de explorar y, con ella, aparece también la tentación de querer abarcar al mismo tiempo todas las corrientes visuales que nos gustan.
Al no tener restricciones y contar con una infinidad de posibilidades, comienzo a acumular información, referencias, elementos e ideas mientras pienso: ¿esto realmente es suficiente o debería seguir buscando algo más?
Y una vez tengo todo frente a mí, aparece el siguiente problema: ¿por dónde empiezo?, ¿cómo lo organizo?
La libertad creativa suena maravillosa hasta que tienes que decidir qué hacer con ella.
El conocimiento en contra
Con la experiencia en diseño, el conocimiento de los procesos de conceptualización y el manejo de herramientas técnicas, también desarrollamos cierta capacidad para reconocer rápidamente hacia dónde está yendo una propuesta.
Veo un avance o un boceto y enseguida aparecen pensamientos como: “Demasiado obvio”, “esto ya lo vi en otro lugar” o “se parece a…”.
Paradójicamente, aquello que debería ayudarnos a diseñar mejor también puede convertirse en una barrera. Terminamos descartando ideas que podrían ser sólidas antes de darles suficiente tiempo para desarrollarse.
A veces nuestra mirada crítica trabaja más rápido que nuestro proceso creativo.
Hoy no es igual que ayer
Lo que nos gusta, lo que nos interesa e incluso nuestro nivel como diseñadores cambia constantemente. Cada proyecto terminado puede modificar nuestra perspectiva y mostrarnos nuevas formas de resolver las cosas.
Cuando diseño para mí misma, a veces se siente parecido a la velocidad con la que funcionan las redes sociales: para cuando termino de pulir una propuesta, siento que ya pertenece a una versión anterior de mi trabajo, a una versión de mí que ya está cambiando.
Entonces aparece nuevamente la duda: ¿debería cambiarlo otra vez?
Diseñar para uno mismo puede parecer una acumulación de cuestiones que debemos resolver antes de siquiera comenzar, haciendo que todo se convierta en un camino mucho más largo de lo necesario.
Después de haberme enfrentado varias veces a esta situación, creo que hay dos cosas que pueden ayudar a hacerla más manejable:
1. Tratarte como si fueras un cliente externo.
Redacta un brief de una sola página, establece objetivos específicos y define una fecha límite que realmente estés dispuesto/a a respetar. No necesitas descubrir absolutamente todo sobre ti para comenzar a diseñar; necesitas definir qué quieres comunicar en este proyecto y en este momento.
2. Organizar el proyecto como organizarías cualquier trabajo externo.
Delimita fechas, horarios y etapas. Sigue una estructura: investigación, referencias, bocetos, diagramas, diseño, análisis y autocrítica. Pon límites incluso cuando nadie más vaya a exigirlos.
Porque quizá uno de los mayores problemas al diseñar para nosotros mismos es precisamente la indulgencia de pensar que siempre podemos cambiar algo más, probar otra opción o empezar nuevamente.
Y así, en lugar de avanzar, terminamos recorriendo un camino en círculos.
Finalmente, creo que también debemos recordar algo: diseñar para uno mismo no significa crear una representación definitiva de quién eres.
Es simplemente plasmar el estado actual de tu creatividad, tus conocimientos, intereses y forma de entender el diseño.
Probablemente, dentro de un tiempo, vuelva a encontrarme en este mismo punto de partida. Mis gustos habrán cambiado, habré aprendido otras cosas y quizá mire este portafolio pensando en todo lo que haría diferente.
Pero para entonces ya conoceré un poco mejor el camino y puede ser que esta vez el GPS tarde menos en recalcular la ruta.